Córdoba, domingo 16 de junio de 2024

Firpo-Dempsey y un fallo que se discute desde hace un siglo

Flor De Ko (alaveradelring.com)

Solo 13 años después de que se declarara la Independencia ya había pruebas de que, en donde hoy se extiende Argentina, se realizaban combates de boxeo.
El máximo estadígrafo e historiador argentino de este deporte, Julio Ernesto Vila, da cuenta de que el 24 de octubre de 1829 el periódico inglés British Packet publicó la primera noticia referida a una pelea de boxeo en nuestro país: “Informaba sobre un match que había tenido lugar pocos días antes, en un local cercano a Retiro. En la pelea, un inglés le había ganado a un estadounidense”. Pero un detalle por demás importante es que esa nota periodística decía que sólo era el primero de una serie de encuentros programados.
A mediados del siglo del siglo XIX era común que marineros ingleses hicieran exhibiciones en los barcos apostados en el puerto de Buenos Aires. Incluso el propio Vila publicó en su libro “El boxeo y yo” que “en 1864, un inglés llamado Cox abrió el primer gimnasio para enseñar el “arte de la defensa propia”. Durante muchos años, el pugilismo fue una actividad clandestina, prohibida por norma. Sin embargo, contaba cada vez con más aficionados.
Pero así como la imagen de la gente con paraguas apostada frente al Cabildo de Buenos Aires para saber “de qué se trata”, aquel 25 de mayo de 1810, fue la ilustración de los primeros gritos de independencia de estos pagos despegándose del dominio del reino de español; la postal inicial del boxeo argentino fue aquella en la que el “Toro Salvaje de las Pampas”, el bonaerense de Junín, Luis Ángel Firpo, conectaba un derechazo y sacaba afuera del ring nada menos que al campeón mundial de los pesos pesados, Jack Dempsey, aunque luego perdiera nocaut en el segundo round. Fue el 14 de septiembre de 1923 en el Polo Grounds Arena de Nueva York ante una multitud y que además por radio tuvo impacto en todo el continente americano.
Así de profundas son las raíces del pugilismo en Argentina.

Luis Ángel Firpo fue una figura fundacional, no sólo para el boxeo y el deporte argentino. Fue el primer nombre propio que se transformó en adjetivo calificativo, como más tarde lo serían Carlos Gardel, Juan Manuel Fangio, Carlos Monzón, Diego Maradona y Lionel Messi. Algo así como marcas registradas que daban a entender alta calidad.

  • Fundacional porque provocó la primera movilización popular en las calles por una causa que no fuera política. La gente que no tenía radio, para enterarse de aquella pelea ante Dempsey se instaló en el Luna Park para escuchar en parlantes la transmisión de la emisora Sud América, frente a las pizarras del diario Crítica o se volcaron a la plaza Congreso, dándole la espalda al palacio de las leyes y posando la mirada hacia el flamante edificio Barolo, que se iba a encargar de anoticiar a los porteños sobre el resultado de la pelea. El faro que se ubicaba en el extremo del edificio tenía dos luces que esperaban el desarrollo de la contienda para encenderse. La luz roja si Firpo perdía y la verde si ganaba. Pero hubo una confusión. Los problemas de la transmisión radial y las dudas que generó la pelea por la caída de Dempsey fuera del ring y los más de diez segundos que se tomó para volver a la contienda, hizo confundir al iluminador que creyó que había ganado el “Toro Salvaje de las Pampas” y comenzó a brillar la luz verde que generó el alboroto y la alegría de la gente que revoleaba sobreros y lo que tenía a mano para festejar. Claro que enseguida esa luz se apagó para encenderse luego la roja que indicaría la victoria por nocaut en el segundo round de Dempsey e inmediatamente la frustración y la sensación de que los yankis nos habían despojado de la victoria. Al respecto, alguna vez el historiador sanjuanino Félix Luna en su revista “Todo es Historia” escribió: “La historia, cuyo complejo entramado incluye también el azar, el equívoco, las percepciones erradas o los reduccionismos absurdos, puede brindarnos un hilo para comprender la siempre accidentada relación argentino-norteamericana: tal vez tuvo mucho que ver aquel árbitro que le dio la pelea a Dempsey y no a Firpo. ¿Por qué no? A veces son todavía más nimias las causas de movimientos ideológico o políticos mucho más importantes”.
  • Fundacional porque fue el primer argentino y representante de gran parte de Latinoamérica en llegar tan alto, como pretender ser campeón mundial de boxeo y nada menos que de los completos, en tiempos en que eso parecía ser patrimonio único de los estadounidenses.
    Cuando hablamos de que Firpo levantó polvareda por el impacto de su pelea ante Dempsey, debemos decir que en diferentes lugares se fundaron clubes que llevaron su nombre. En la ciudad de Mendoza el Firpo Boxing Club, que tuvo grandes maestros como Diego Corrientes y por donde pasaron campeones del mundo como el mediano Hugo Pastor Corro. Pero el caso más resonante sucedió en El Salvador, en la ciudad de Usulután. El 17 de septiembre de 1923 se fundó el club Tecún Umán, pero cuatro días después fue rebautizado como Luis Ángel Firpo debido a la popularidad del boxeador argentino en ese país de Centroamérica y a la locura que generó su pelea con Dempsey. Varios miembros de la comisión directiva de la flamante entidad eran aficionados al boxeo y por eso prosperó el cambio de nombre. Un siglo después esa entidad tricolor (rojo, blanco y azul) está identificada absolutamente con el fútbol, siendo el primer club en ser tricampeón del balompié en ese país.
  • Fundacional porque fue a combatir con el boxeador más relevante de la época, por el título más importante del deporte mundial de esos días, nada menos que en Nueva York y formando parte de un negocio que generó alrededor de un millón de dólares y convocó a 90 mil espectadores en el viejo estado que había sido construido para la práctica de polo. Subió al ring un grandote que venía del país americano más lejano de los Estados Unidos, en cuya ciudad capital el boxeo estaba prohibido por ordenanza municipal desde 1892 y era una actividad clandestina. El martes 6 de septiembre, el Honorable Concejo Deliberante de Buenos Aires resolvió la prohibición de la actividad y la medida comenzó a regir al día siguiente. Ese cepo de los porteños contribuyó a generar más curiosidad, atracción, y eso lo fue haciendo popular. Si hasta lo practicaban los pitucos pertenecientes a familias de alta alcurnia, como Jorge Newbery, y cada vez más gente sentía interés por ver combates en locales privados, ocultos, en donde no se podía cobrar entradas.
    Por eso no sorprendió el impacto y la masividad que causó que uno de los nuestros fuera nada menos que a la Gran Manzana para tratar de escupirles el asado a los yanquis.
    Pese a perder en el segundo round y estar casi tanto tiempo tirado en la lona como parado sobre el ring, Firpo revolucionó todo: Jamás un boxeador perdió por KO en el segundo round y fue héroe nacional y en otros países. Por eso cuando volvió a la Argentina, ante tanta locura popular, el pugilismo tuvo que ser autorizado. El 28 de diciembre de 1923 se promulgó la ordenanza en cuestión y el 3 de febrero de 1924 comenzó a funcionar la Comisión Municipal de Boxeo.

La vida

Firpo nació en la ciudad de Junín, en el noroeste bonaerense, en la Pampa Húmeda, cuando era un poblado perdido en el campo y con un padre, Agustín Firpo, que había llegado desde su pago genovés con el sueño de tener un pedazo de tierra para trabajar. Nada de eso consiguió y comenzó a ganarse el pan diario como zapatero. Apenas arribado a su nuevo domicilio se casó con Ángela Larrosa, a quien llamaban la “galleguita” por haber venido desde España y era devota de San Luis Gonzaga, de allí tomó su primer nombre el futuro “Padre del Boxeo Argentino”.
El futuro campeón tenía tan solo ocho años de edad cuando su madre fue a parir a Juan y tras ello murió. Esa profunda orfandad que comenzó a vivir hizo que un par de años después le pidiera a su padre irse del pueblo a Buenos Aires. A Firpo ya lo habían llevado de niño en un par de oportunidades a la Capital Federal, para que un médico especialista lo atendiera por una inflamación permanente en sus oídos.
A los 12 años el padre le dio el consentimiento y Luis Ángel se fue a la gran ciudad para quedar bajo la tutela de unos parientes. La primera en cobijarlo fue una tía en una vivienda de la calle Maza, entre Almagro y Boedo. Desde allí comenzó una serie de mudanzas en pensionados incluidos en el barrio del Abasto. Fue cadete en una farmacia, levantó postes para la Unión Telefónica, trabajó en un restaurante y en un horno de ladrillos.
La farmacia era de un tal Mateo Bascialla y se ubicaba en la esquina de las calles Neuquén y Espinoza, en el barrio de Caballito. Bascialla era un radical yrigoyenista que en alguna oportunidad mando a Firpo, pagándole unos pesos, a pegar carteles del “Peludo” en alguna campaña. Dicen que en una oportunidad los socialistas quisieron romper los carteles que había pegado Firpo y hasta llegó las manos, haciendo su debut con las piñas en Buenos Aires, como alguna vez escribió Carlos Piñeiro Iñíguez en “Luis Ángel Firpo, soy yo”. En esa botica, a Firpo lo hicieron socio del club International Boxing y sin buscarlo termino siendo boxeador, por imposición de su físico, su fuerza y por el empuje de su entorno.
Ya entrado en la ruta del boxeo era consciente de que no era un púgil de afinada técnica, pero por su porte y su potencia podía lograr lo que más quería: éxito que le permita recaudar dinero.
Firpo tuvo cerca un hombre que sería importante para su recorrido profesional: Félix Bunge. Clave en su campaña boxística y en sus negocios. Era soltero, millonario, terrateniente y amante de los deportes, fue fundador del Buenos Aires Rowing Club y gran anfitrión de fiestas sociales. En algunas de ellas supieron encontrarse personalidades como Gardel, Firpo y Enrique Muiño. Montó un gimnasio para que entrenara su amigo y hasta se animó a hacer las veces de su entrenador, además de asesor financiero.
Las prohibiciones de la actividad boxística en el país le hicieron evaluar a Firpo la necesidad de tomar otros rumbos. Al final partió para los Estados Unidos con un pasaje gratis en un barco de carga que donó un socio del club CUBA y una carta de recomendación para intentar un encuentro con Tex Rickard, el poderoso promotor del Madison Square Garden de Nueva York.
El juninense arribó a la ciudad del norte el 25 de enero de 1922, en pleno invierno. Consiguió que Rickard lo atendiera, leyera la carta de recomendación y escuchara de boca de Firpo que era el campeón Sudamericano de los pesados.
En el gimnasio de entrenamiento se encontró con un viejo rival que había enfrentado en Santiago de Chile en los años 1918 y 1919, Calvin Respress, a quien le había ganado primero por descalificación y luego por puntos. Decidieron hacer una exhibición que no tuvo interés y para mal de Firpo, el periódico Newarjk Star publicó que, si lo único que tenía boxísticamente Firpo era lo que había mostrado en esos rounds, le recomendaba que regrese rápido a su tierra.
Curioso: mientras que en Buenos Aires el boxeo estaba prohibido, un funcionario del consulado argentino en Nueva York ayudó a que el grandote hiciera su debut en su nuevo lugar de residencia.
El 20 de marzo de 1922 en Jardín Laurel, Newark, enfrentó al campeón de la marina estadounidense, Thomas A. Maxted, conocido como “Sailor” Maxted. Buena presentación de Firpo que noqueó en siete rounds y comenzó a trazar su camino en el boxeo de los pesos pesados en los Estados Unidos.
En el mismo escenario, un par de semanas después, el 4 de abril, vencería por la vía rápida a “Big” Joe McCann y el 13 de mayo fulminaría con su potencia al “Italiano” Jack Herman en el Ebbets Field, Brooklyn.
Estos tres combates conformaron la primera etapa de Firpo en los Estados Unidos, con bolsas que pasaron de 120 a 2.400 dólares. Un detalle que llamó la atención a los promotores era un pedido inesperado que hacía Firpo: el acuerdo requería que sus peleas fueran filmadas y él se llevaba al menos una copia. Primero le dijeron que sólo se grababan las peleas por título mundial, pero insistió y lo consiguió. Las razones de un hombre brillante para los negocios desde sus inicios: esas copias de sus peleas luego las comercializarlas, distribuyéndola por los cines. De esa manera ganaba dinero y promocionaba su figura. Casi un fundador de los derechos de televisación del deporte en Argentina.
Ganador, Firpo regresó a la Argentina y venció a Jim Tracey en el Club Sportivo Barracas. En esta estadía en Buenos Aires se acercó al Concejo Deliberante y entregó a cada uno de los funcionarios que vio una copia de la normativa vigente en Nueva York sobre el boxeo, en un gesto de militancia y de que el pugilismo debía ser aceptado legalmente como un deporte y un espectáculo en Buenos Aires.
Regresó a los Estados Unidos para retomar su campaña internacional, no solo se subió a cuadriláteros de ese país sino que hizo una pelea en México y otra en Cuba. Venció a Bill Brennan, (su primer combate en el Madison por una bolsa de 10 mil dólares, además lo mando al hospital y su carrera se proyectó hacia el título mundial), Jim Hibbard, Jack McAuliffe, Jack Herman, Jim Hibbard, Jess Willard (estaba en proceso de retorno tras perder el título con Dempsey en 1919 y el combate se realizó en el Thirty Boyles Acres ante 102 mil espectadores, récord de público hasta entonces, ganando Firpo por nocaut en el octavo round y en todo concepto se alzó con 96 mil dólares), Natalio Pera, Pat McCarthy, Joe Burke, Homer Smith, Charley Weinert y Joe Downey, acumulando nueve victorias, siete de ellas antes del límite, hasta llegar la chance frente a Jack Dempsey, por la corona mundial de los pesados.

La pelea

En la segunda etapa de Firpo por escenarios estadounidenses fue bautizado como el “Toro Salvaje de las Pampas”, su figura ya no pasaba desapercibida, no sólo por su condición de gigante, además por su rudeza y por su pegada fulminante.
Dempsey era el deportista más notable, pero venía de un fracaso económico en su última pelea por el título. Venció en un combate tedioso e interminable a Tom Gibbons en Shelby, Montana, con un estadio que se había levantado exclusivamente para la ocasión, aunque apenas se completó el 50 por ciento de su capacidad con aficionados, generando una quiebra para los organizadores y hasta para el mismísimo gobierno local que había apostado mucho por la presentación del “Asesino de Manassa”. En tanto Firpo venía de convocar una multitud y de ganar una fortuna para la época, venciendo a Brennan y Willard, entre otros.
Sin rivales a la vista para Dempsey, no quedó otro camino que enfrentar al exótico Firpo.
Lo curioso fue que llegó a Nueva York, a manos de Doc Kearns, manager de Dempsey, y de Tex Rickard, promotor del Madison, una propuesta desde Buenos Aires, ofreciendo 500 mil dólares a Dempsey para hacer la pelea en el estadio de Sportivo Barracas. Obviamente que fue desechada y hasta con tono irónico.
El pleito fue en Nueva York, en el Polo Grounds Arena con cerca de 90 mil espectadores que fueron testigos de uno de los rounds más turbulentos de la historia. El primero de la batalla Firpo-Dempsey. Con siete caídas del bonaerense y una del campeón, que salió despatarrado fuera del ring y regresó a la contienda a los 17 segundos y con ayuda de cuanto ser vivo estaba cerca. Incluso el periodista Jack Lawrence vio rota su máquina de escribir, porque Jack se la aplastó con su pesado cuerpo y en un momento no sabía si contribuir al salvataje del púgil averiado o juntar las piezas rotas de su herramienta de trabajo. El árbitro comenzó a contar cuando se le antojó, sin escuchar al time keeper, y fue cómplice indispensable para que esa noche Dempsey siguiera siendo el campeón mundial de todos los pesos. Tras el huracán de trompadas que azotó el cuadrilátero, en el segundo capítulo Firpo ya veía doble y Dempsey mostró una dureza inigualable, tirándolo otras dos veces y ganando por nocaut.
Lo demás es mito, leyenda que perdura aún transcurrido un siglo. Peleas cortas, cometarios largo. En este caso sería pelea breve, memoria eterna.
Mientras eso ocurría en el ring, gran parte de Estados Unidos y América Latina hablada de guapeza y de robo. Sobre este último concepto, un detalle para marcar: el árbitro de la contienda fue Johnny Gallagher, quien fue muy criticado por la prensa tras el pleito, luego se le quitó la licencia para no volver a dirigir. Marginado de los escenarios del boxeo, Gallagher cayó en la bebida y la depresión y ocho años después se suicidó en la pieza de un hotel miserable en Brooklyn.

Tras esta pelea, Firpo tuvo un regreso glorioso al país y se dio la inmediata legalización del boxeo que se transformó en popular, practicándose en todos lados.
Durante 1924, el “Toro Salvaje de las Pampas” hizo tres combates en Buenos Aires con victorias sobre Farmer Lodge, Herminio Spalla (ambas en el estadio de River Plate) y Al Reich (Sportivo Barracas). Desencantado por algunas críticas, decidió dejar la actividad, pero una sustanciosa propuesta proveniente de los Estados Unidos lo llevó a cumplir su tercera etapa pugilística en el país del norte. Dos pálidos combates ante Harry Wills y Charley Weinert hicieron de aquella etapa una gran cosecha de dólares y su peor performance dentro de un ring en Estados Unidos.
En 1926 hizo otra pelea en el país, en el Parque Romano de Buenos Aires le ganaría por puntos a Herminio Spalla y ahora sí parecía el fin.
Tras la batalla ante Dempsey lo exitoso de Firpo fueron sus negocios, su incursión en la venta de automóviles con la licencia que lo autorizaba a montar concesionarios en el país de la marca Stutz. Luego experimentó en otros rubros y sobre todo, cumplió con el sueño que no alcanzó su padre, el de tener campos. Tuvo muchas hectáreas en las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe.

Final

El boxeo siempre parece obligado a tener un inicio y un epílogo triste.
Ya hablamos del hogar humilde en el que nació Firpo, pero su final sería penoso arriba del ring, no debajo. Diez años después de aquella victoria en el Parque Romano, decidió volver a los cuadriláteros sin sentido, sólo por la necesidad de regresar a los títulos de los diarios y que su nombre vuelva a brillar en las marquesinas. Tenía 41 años.
Tras dos nocauts rápidos ante Saverio Grizzo (en el Luna Park) y Siska Hbarta (en Rosario), tomó riesgo enfrentando al chileno Arturo Godoy.
El púgil trasandino tenía a Firpo como su ídolo y jamás se imaginó que haría una pelea frente a él. Godoy le dio una paliza al juninense que termino en el tercer round, pero no festejó. Se cobijó en su rincón para llorar de tristeza, mientras despertaban como podían al “Toro Salvaje de las Pampas” en la otra punta del ring.
El 7 de agosto de 1960 Firpo murió de un infarto en Buenos Aires. Se estaba preparando para una fiesta y el ataque lo sorprendió mientras intentaba atarse los cordones de uno de sus zapatos.
Un boxeador único: murió millonario, no tuvo manager y manejo su carrera y su dinero poniendo el cuerpo sobre el ring y multiplicándolo en las mesas de negociaciones.
Hace un siglo hizo historia, fue protagonista de una foto eterna y de un fallo que todavía se discute.

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